Pasillos blancos, mujeres en bata, momentos de pánico. Empiezo a notar pequeños indicios corporales que me recuerdan que pronto estarás entre nosotros. Momentos de pánico cuando pienso en las cosas banales, las cosas físicas como el color de las paredes, el tamaño de tu cama, la cantidad de prendas de ropa y otras cosas sin importancia.
Ahora estoy en casa, acaricio las sábanas de nuestra cama, le levanto, hago un café, hojeo un libro. Quemo una barrita de incienso, escribo algunas líneas en mi diario, hago como que traduzco cosas sumamente importantes que no pueden esperar. Pero la verdad es que nadie espera mis traducciones. Escribo cartas postales a los amigos que tengo repartidos por el mundo, aquellos amigos que hace unos meses cogieron aviones, trenes, buses y taxis para presenciar nuestra boda. Acaricio fotos antiguas y sobre todo, evito los libros de embarazo. Ahora estoy en casa, pero un día de estos, cuando empiecen los dolores (en francés lo llaman "le mal joli"; "el dolor bello") temo que todo sean prisas y listas, y tenga que despedirme del café y de nuestro incienso, de nuestra cama y de mis libros, de todas esas mujeres que estos últimos meses me han dado las fuerzas de seguir adelante sin obsesionarme por ser una buena madre, o no tener estrías, o decidir dejar de una vez por todas todas esas manías que sin duda me harán una madre indigna.
Pronto podré acariciarte, tocarte, hablarte. Pronto dejaré de ser hija para convertirme en madre.
Entretanto, hojeo libros, quemo barrigas de incienso, hago como que cocino, traduzco, leo, escribo. Todo eso para olvidar que aún no estás conmigo.
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