Ocho meses. Nueve lunas: un eclipse de luna y una luna roja. Treinta y dos semanas. Dos cientos veinticuatro días. Cinco mil trescientas setenta y seis horas de vida conjunta. Y sin embargo no eres nosotros. No eres nosotras. Nunca he sabido hablarnos en plural.
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Tú fuiste la espera de septiembre, octubre, noviembre, diciembre, enero y febrero; fuiste carrera precipitada y piernas alzadas en el aire: fuiste bañera y espuma blanca y una noche fría de invierno; fuiste la segunda noche en el hotel; tú la zigoto, tú la semilla, tú todo el universo contenido en un big-bang. Fuiste ocho derrotas consecutivas arrojadas al fondo de la papelera, y la victoria de la novena. Fuiste un pequeño temblor y las manos de tu padre sobre mi vientre, tú fuiste, tú has sido y sigues siendo conmigo: invierno, primavera, verano y otoño. La tercera pobladora de mi vientre, el imperceptible latido contenido en una sola palabra del diccionario, *, *, *.
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Ensimismada en la lectura de Chantal Maillard. De madrugada, leo "fertilidad" en lugar de "felicidad" y me invade una extraña sensación de egoísmo.
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Tengo los pechos hinchados. Pequeños peces mojados, al salir de la ducha me hacen un guiño. Una gota blanca se escapa de un pezón que no parece el mío. Frente al espejo los pechos hinchados, el vientre cada vez más redondo, más firme, más lleno de ti. Una gota de leche corona este día de espera y me acerca a ti.
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Dilatarse. Prepararse para dilatar el corazón, las caderas, las vértebras, la matriz. Pero sobre todo, prepararse para dilatar el corazón.

