Cuántas veces me he encontrado en esta misma situación. Ávida de escribir, repitiéndome las razones por las que no soy capaz de hacerlo y evitando la pantalla en blanco. Cualquier cosa para distraerme. La procrastinación como credo único. Postergar como nuevo mantra.
Cuántas noches me he esquivado a mí misma. Antes: la cocaína, la fiesta, la posibilidad de una noche infinita- luego vino el saber decir no.
Cuántas veces he anunciado en las redes sociales que volvía a trabajar, a teclear frente a la pantalla blanquecina de madrugada. Cuántas veces.
Y sin embargo, ahora las razones son completamente distintas. He pasado los últimos meses cambiando pañales, dando el pecho, mirando hipnotizada las manos, la sonrisa, la mirada, la naricilla de F. Intentando dormir, y volviendo a empezar el ciclo de nuevo. Me miro en el espejo y no me reconozco [estas palabras las había escrito ya en un poema viejo; cómo iba a saber lo que me faltaba por cambiar, lo que me faltaba por envejecer), me miro y veo que he perdido los mofletes, que tengo ojeras, que me han brotado un puñado de arrugas de golpe, que me ha crecido la nariz (no os riáis; estoy segura de que con el embarazo me ha crecido la nariz), que estoy más flaca, que empiezan a salir las canas.
No me malinterpreteis: salí del paritorio con un subidón de adrenalina que me duró varios días, o varias semanas; F es más buena de lo que hubiera podido imaginar y ahí donde otros bebés lloraban, F sonreía; tengo a mi lado un compañero que no podría estar más a mi lado; la temida depresión postnatal no se asomó a mi ventana y de hecho hubiera podido pasearme cantando y brincando desde que F nació. No me malinterpreteis. Es sólo que he tardado en volver a ti.
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