Viajo. Colecciono las muestras de los hoteles y cambio de textura de toalla cada par de días. Intercambiamos el lado de la cama sin darnos cuenta. Las ventanas mudan de lugar. Una ciudad sucede a la otra. Una mañana alegre, una tarde lluviosa, una ciudad más.
Viajo. Oigo el ruido de los motores de los aviones al despegar, los auriculares no bastan para ahogar el llanto de los niños ni los mensajes de las azafatas. Oigo el ruido de los mensajes, oigo el ruido de los motores, oigo sus llantos. Oigo todos los ruidos del mundo en mis oídos pero ninguno basta para ahogar el silencio que late en las profundidades de mi útero, jesús.
Viajo. Lejos de ti, del líquido amniótico en el que reposan tus sueños, sólo oigo el silencio de quien respira en el hueco de la cama- sin saber si en cualquier momento dejará de respirar. Oigo los mensajes, los motores, los llantos. Viajo e intento no preguntarme / y ya no me pregunto / nada más.
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